8 de junio
La euforia silenciosa. Solo pido quedarme en este instante hasta el final de la eternidad. Nada más. Me quedaré aquí tranquila, sin molestar a nadie, no invadiré ciudades, ni crearé imperios, no diré nada. Nadie se enterará de mi infracción ni de mi presencia permanente en este rincón del tiempo. No es mucho pedir. No está ocurriendo nada especial. Es sábado. Almuerzo con Héctor, Noé está con su padre. Yo, ensalada de atún y tomate, y él, calamarcitos a la plancha. Solo se oye, espaciado, el rumor de papel arrugado de las hojas del árbol de la vecina -brotaron hace dos días y ya se están empezando a secar, siguen esplendorosamente verdes, pero ya empiezan a sonar a hoja seca-. En verano a la hora de comer nuestro barrio se adormece. Los dos miramos concentrados nuestras pantallas. Rebaño el plato con pan tostado. Y así, como una bocanada de aire, pasa este instante de perfección. Me rasco la cabeza, muevo un poco la silla, caen unas postales al suelo y vuelvo a aceptar, sin rechistar, que algún día moriré.
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