Cioran. Manía epistolar.

27 — CARTA A MIRCEA ELIADE 
[Sibiu, diciembre de 1935] 
Querido Mircea: 
Seguramente te diste cuenta hace tiempo de que tengo obsesión por lo esencial, dentro de una conciencia martirizante de las apariencias. Me resulta imposible salir de las apariencias y de sus dolores sin ver en lo esencial un vacío que no me dice nada. Así, incapaz de sentirme a gusto en este mundo, llevo la obsesión por el Paraíso como única obsesión vital. No te lo vas a creer: el pensamiento o la añoranza del Paraíso llena cada instante que me concedo a mí mismo. Me resultaría imposible respirar en una atmósfera distinta de ese pensamiento, de esa añoranza.
Desde la sensación más sutil hasta la revelación más plena, todo parece moverse en una dimensión religiosa. Si mi última sensación no se define como una presencia religiosa, entonces sigo ausente del espacio que se extiende entre tierra y cielo. Los pensadores que no han sabido concebir el Paraíso me parecen estériles, tibios, ilegibles. El hecho de que el pensamiento moderno haya puesto en segundo plano el problema de la redención lo compromete para siempre. Ya no puedo leer a los filósofos y creo que no volveré a leerlos nunca. Lo que no es poesía, mística o música es traición. 
Me resulta casi imposible escribir cualquier cosa. Me gustaría ser capaz de decirlo todo en una sola frase, comentarme en una carta, diluirme en un artículo. Atenazado por mi miedo, lo definitivo me aterroriza. Y no puedo ser literato ante mi angustia. Ningún pensamiento mío ha alterado la ley de la causalidad, ningún sentimiento de horror ha detenido el curso del mundo. 
Me resulta imposible, querido Mircea, escribir sobre un pensador que me gusta, sobre un libro que he leído, sobre un acontecimiento vivido. Eso no sirve para nada. El pensamiento debe ser una carrera terapéutica en el plano cósmico. Me gustaría lamer todas las heridas de este mundo. Y rechazo la santidad porque es humana y no cósmica. Es doloroso pensar que solo hay santos donde hay humanos, que la santidad en el universo es superflua. 
Tengo un corazón en mi menor. Todo lo que existe me parece destinado a alimentar una tristeza inconmensurable. 
Recuerdos a Nina. Un abrazo, 
EMIL

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