Descubrí que bajo mi caparazón de alegre superficialidad, había una capacidad para experimentar una profunda dicha interior. Me serené entonces y descubrí en mí un ilimitado anhelo de bondad y belleza.
Ahora, por la noche, termino mis rezos con estas palabras:
"Gracias, Dios mío, por todo lo bueno, amable y hermoso"
(7 de marzo de 1944).
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