Josefina me enseñó a leer, a ver. Fue profesora mía en Yale. Josefina leía todo. Había leído todo. Tenía una curiosidad insaciable...hasta que se aburría. Solía decir que se aburría fácilemente. Pero eso era porque saturaba textos, discursos, con su mirada tsunami que arrastraba todo, incorporaba todo, hasta que, para ella, no había más que decir. Josefina era rigor y generosidad: las dos caras de su moneda. En una tarde típica en New Haven hablamos de Kieslowski (había visto todas sus películas), Kant y Adorno, Kantorowicz, Baudelaire, Roa Bastos, el Di Tella, Soiza Reilly. Comimos bizcochitos de grasa que me habían mandado desde Argentina: ¡le encantaban! Su afán de conocimiento, de exploración, era contagioso. Si Josefina mencionaba un libro había que leerlo, si hablaba de un film, había que verlo. Fue la persona más inteligente, mas leída (término que no le hubiera gustado: se describía, con gran ironía, como una lectora lumpen) que he conocido. Extraño su voz, su presencia, sus consejos siempre atinados. Un día me di cuenta que sus lecturas, tanto trayectoria en los campos del saber, eran una forma de amor.

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