Gerzuf, 18 de abril de 1911
Estimado Maximilián Alexándrovich:
Le escribo mientras oigo música y mi carta, tal vez, sea
triste.
Estoy pensando en los libros.
¡Cómo entiendo ahora a los “tontos mayores” que prohíben a
sus hijos leer libros para mayores! Hace poco tiempo que me indignaba su
presuntuosidad: “lo niños no pueden entender”, “es pronto para los niños”, “lo
conocerán cuando crezcan”.
¿Que los niños no entenderán? ¡Entienden demasiado! A los
siete años el entendimiento de Mziri y Eugenio Onieguin es más certero y
profundo que a los 20.
No es eso, no es que no entiendan lo suficiente, sino que
entienden con demasiada profundidad, demasiada sensibilidad, es un entendimiento
certero y enfermizo.
Cada libro te roba tu propia vida. Mientras más leas, menos
sabes y menos quieres vivir.
¡Es tan espantoso! Los libros son la perdición. El que ha
leído mucho no puede ser feliz, ya que la felicidad es inconsciente, es
solamente la inconsciencia.
Leer equivale a estudiar medicina y a conocer la causa de
cada suspiro, de cada sonrisa y, esto nunca suena sentimental, de cada lágrima.
Un médico no puede entender un poema. O será un mal médico,
o una persona poco sincera. Se le ocurrirá una explicación natural de lo
sobrenatural. Yo me siento ahora como ese médico. Veo luces en las montañas y
me acuerdo del querosén; veo una cara triste y pienso en la causa –natural- de
esa tristeza, o sea, en el cansancio, el hambre, el mal tiempo. Oigo música y
veo las manos indiferentes que la interpretan, tan triste y tan lejana… ¡Y así
en todo!
La culpa la tienen todos los libros y también mi profunda
desconfianza de la vida real, auténtica. Un libro y la vida, un poema y aquello
que lo ha causado -¡qué cosas tan incomparables!-. y estoy tan infestada por
esa desconfianza que veo, empiezo a ver, sólo el lado material, natural, de las
cosas. En el camino directo hacia el escepticismo, tan odiado por mí, ¡es mi
enemigo!
Me hablas del olvido. “Es el eslabón perdido de una cadena,
¡no hay ayer, no hay mañana!”.
¡Bienaventurado sea el que se olvida del mundo!
Únicamente me distraigo cuando estoy sola, con un libro,
sobre un libro.
Pero cuando una persona empieza a hablarme del alejamiento
del mundo, siento una profunda desconfianza, empiezo a sospechar inmundicia en
esa persona y enseguida me aparto de ella. ¡Y no sólo eso! Puedo mirar una
nubecilla y recordar otra nubecilla sobre el lago de Ginebra y sonreír. Y la
persona a mi lado también sonreirá. Ahora viene la frase sobre el alejamiento,
el instante, sobre “ni ayer, ni mañana”.
¡Buen alejamiento! Él está en la fortaleza de Génova, yo en
el lago de Ginebra, con 11 años; los dos sonreíamos -¡qué entendimiento tan
profundo entre las dos almas, qué unión!
Eso en el mejor de los casos.
Es lo mismo que con el mar: soledad, soledad, soledad.
Los libros me han dado más que las personas. El recuerdo de
un ser humano palidece ante el recuerdo de un libro. No hablo de los recuerdos
infantiles, no, solamente de los de mayor.
Mentalmente lo he vivido todo, me he quedado con todo. Mi imaginación
siempre se adelanta. Abro las flores aún cerradas, toco bruscamente lo más
delicado y lo hago sin querer, ¡no puede dejar de hacerlo! Entonces, ¿no puedo
ser feliz? No quiero “abandonarme” artificialmente. Siento aversión hacia esos
experimentos. No puedo hacerlo, naturalmente, debido a una mirada demasiado
aguda hace delante o hacia atrás.
Queda la sensación de una soledad absoluta que no tiene
remedio. El cuerpo del otro es una barrera que impide ver su alma. ¡Oh, cómo
odio esa barrera!
Tampoco deseo el paraíso donde todo es bendito y etéreo, ¡me
gustan tanto las caras, los gestos, lo cotidiano!
¡Tampoco deseo la vida en la que todo es tan claro, tan
simple, tan basto! Mis ojos y mis manos arrancan sin querer el velo -¡tan
brillante!- de todas las cosas.
Lo que es donado se borrará,¡La piel porcina permanecerá!
¿Es bueno el verso?
La vida es una mariposa sin polvo.
El sueño es el polvo sin la mariposa.
¿Y la mariposa con polvo?
Ay, no sé.
Tiene que haber algo distinto, un sueño realizado o una vida
hecha un sueño. Y si no existe, ¡no es aquí en la tierra!
Todo lo que le he dicho es verdad. Estoy sufriendo y no
encuentro la tranquilidad: voy de la roca al mar, de la orilla a la habitación,
de la habitación a la tienda, de la tienda al parque, del parque otra vez a la
fortaleza de Génova –y así todo el día.
Pero cuando empieza a sonar la música, ¿cree que enseguida
pienso en las caras aburridas y en las manos pesadas de los músicos?
No, lo primero que pienso, incluso no es un pensamiento, es
un viaje hacia algún lugar y siento que me esfumo…
Y ya después pienso en los músicos.
Así vivo.
Me alegra lo que usted escribe sobre el mar. Entonces,
¿somos marinos?
Tengo un poema sobre eso, ¡qué coincidencia!
Fumo más que nunca, me estoy tostando al sol y cada vez me
bronceo más, leo sin parar -¡libros queridos!-. He terminado de leer José
Bálsamo -¡qué libro tan mágico!-. Sobre todo me he encariñado con Lorenza que
vivía dos vidas tan difíciles. Bálsamo es tan noble y enternecedor. Gracias por
ese libro. Ahora estoy leyendo a Mme. de Tencin, su biografía.
Pienso quedarme aquí hasta el 5 de mayo. Todo lo que he
escrito es muy serio para mí. Pero no sea demasiado sabio al contestar, si es
que me va a contestar. La sabiduría viene también de los libros y yo necesito
una respuesta humana, no de libros.
Au revoir,
Monsieur, mon père spirituel.
Quizás no llegue a tener gramófono.
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