Después de entrevistarse con su amigo Gassendi,
mi antepasado Saint-Évremond anotó que tenían “más interés en gozar del mundo
que en conocerlo” – en criticarlo y en combatirlo, añadiría yo-. Apuntó,
además, que es preciso que apreciemos la filosofía como una grata manera de
chismorrear sobre la vida y la muerte. Por eso, siguiendo las enseñanzas de
otro antepasado, La Rochefoucauld, me esfuerzo en estar a la altura de mis
fracasos. La risa burlona es el único consejo estratégico que me ha legado.
Nada más fecundo que la esterilidad de sus Máximas; volviendo a ellas
sin cesar me perfecciono en el y-para-qué.
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